21 julio 2006

Homérico

Quizá Floyd Landis, que corre con una cadera destrozada, que le hace cojear, que soporta el dolor sin ingerir medicamentos, que no puede cruzar la pierna derecha sobre la izquierda, se acordó ayer de su comunidad menonita de Pensilvania, emparentada con los amish, de la que tuvo que huir con 17 años para poder ser ciclista, de su madre y de su hermana, que se saltaron las normas y se compraron un televisor para ver el Tour y viajaron en avión a Francia, de los tiempos en que su padre le obligaba a trabajar en la granja hasta la noche y él se tenía que entrenar de madrugada, del sufrimiento como forma de vida, de la dureza del ciclismo, de la pájara del día anterior, mientras cabalgaba desbocado por los Alpes en una escapada de 140 km. y destrozaba al pelotón, al que llegó a sacar más de nueve minutos, seis a pie del Joux Plane, último puerto de la jornada y ¡siete! en la meta de Morzine.

Cuentan los cronistas más veteranos que desde la época de Luis Ocaña y Eddy Merckx no se veía nada parecido.

1 Comments:

At 18:26, Anonymous Anónimo said...

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